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5 visiones de Sant Jordi

1. Poesía y (p)rosa

Por Ionut Tutuman

–  Is this Casa Batlló?!

Hacía tiempo que no veía a alguien tan emocionado. Y, sobre todo, hacía tiempo que no veía a tanta gente fotografiándose junto a un edificio. Enfundada en un traje rojo, la casa de los huesos está lista para la ocasión. Frente a ella, inconscientes disputas territoriales por hacerse con la mejor parcela. Con aquella que ofrezca la mejor perspectiva. El mejor rostro de la princesa de Antoni Gaudí.

Decido alejarme del tumulto de humanos hipnotizados, tratando de sortearlos con sigilo. No me gustaría recibir un mal gesto por haber sido el causante de su foto imperfecta. Espero en el semáforo junto a no sé cuántas personas más. Verde. Levantamos la mirada de nuestros móviles casi a la par, como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, y cruzamos.

De repente, algo de serenidad entre tanta borrachera visual. Una larga cola de personas que han sustituido móviles por libros. Hago un barrido de fin a principio. Veo una mano negra firmando un libro azul. Ahora lo entiendo.

–  Lleva desde las diez de la mañana firmando sin parar. Ni siquiera ha parado para comer.

Casi siete horas seguidas atendiendo a los que, tan sólo dos semanas antes, no lo conocían. Pero ahora sí. Escribe poemas. Despertó la curiosidad de toda España contando los secretos del 0 y el 1. Cautivó con la historia de amor entre la Luna y la Tierra. Y enamoró con unos versos dedicados a su madre.

Él es César Brandon. He dicho que escribe poemas. Pero también los recita. Se ha atrevido a hacerlo en televisión. Ese aparato que últimamente no aporta, sino que más bien nos aparta hacia lo banal, lo nimio. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2017, el 40,3% de los españoles no lee nunca o casi nunca. Unos números muy pobres.

Aunque es cierto que no existen datos concretos sobre los lectores de poesía, siempre se ha afirmado que este género literario tiende a acaparar un público muy reducido. Pero las cosas pueden cambiar gracias a este ecuatoguineano… Quizá su libro sea una de las espadas que acaben con el dragón.

 

2. De la sangre del dragón, la rosa

Por Caroline Dalprá

Cada 23 de abril el día amanece más florido de lo normal en Cataluña. La celebración del día de Sant Jordi es una de las tradiciones más bonitas que he vivido en la tierra catalana. Todo lo que acontece en ese día parece haber salido de un poema. Las sonrisas de las personas, las parejas con sus regalos y lo niños con ropas y sombreros de princesa y de dragón. Sabadell, así como las demás ciudades de esta región del país, llenó sus calles con tiendas de flores y libros.

Según la leyenda, de la sangre del dragón que Sant Jordi mató, nació un rosal con las rosas más rojas que nunca nadie había visto. Y el triunfante caballero ofreció una rosa a la princesa. Como símbolo del amor y de la fuerza de Sant Jordi, la tradición dice que los hombres tienen que regalar una rosa a su amada.

En cada esquina había venta de rosas. Rosas para los enamorados, rosas para regalar a quién se ama. Rosa roja, amarilla, azul y hasta con muchos colores en una misma flor. Rosas en plásticos, en las manos de los hombres apasionados y de las mujeres encantadas. Rosas de todos los tamaños. Rosas para calentar los corazones y desprender sonrisas en las personas.

Existe un encanto en el aire que creo debe haber salido de las rosas rojas, que son símbolo del amor y de la pasión. No hay ninguna otra flor que ha sabido tocar tan profundamente los sentimientos de las personas, sus corazones. Todo el sentimiento provocado por esta flor evoca para un lado más romántico del día. Con su increíble belleza y su olor ya tan conocido, inspira a quién llega cerca de ella.

Hace siglos, de la sangre del dragón una rosa fue regalada a la princesa. Hoy, las rosas como símbolo del amor continúan a ser regaladas a quien se ama, perpetuando los hechos del dueño del día, Sant Jordi, y principalmente, demostrando  el amor que hace parte de la vida de las personas.

3. Sensaciones

Por Luca Rebori

Un día único para una ciudad que hace que todos salgan fuera. Eso fue lo que aprendí cuando mis compañeros españoles me dieron detalles de esta festividad y sobre la leyenda que está en su base. Algunos de ellos son de Catalunya, y te lo cuentan con mucho fervor. El resto que me contó, eran de otras partes del país y pues, era un día especial y ya. Internet también hace lo suyo. Informado.

Sin pensármelo mucho, salí con unos libros que ya había leído con la intención de venderlos o intercambiarlos en este día tan librístico. Al final ni los saqué de la mochila, y me dediqué a caminar por grandes y pequeñas calles, que ofrecían puestos de rosas y libros. Mujeres y hombres solitarios caminan con rosas en sus manos, y otros van acompañados. Fantástico.

Camino hacia el sector de la ciudad que es más conocido por albergar tiendas de cómics, tebeos y novelas gráficas. Esto es en los alrededores directos del Arc de Triomf. Es un área que me apasiona. Efectivamente, me encuentro allí con expositores de este género particular. En todas partes en que venden libros, están con descuento. Ideal.

El día une a quienes tienen como pasión leer, caminar y pasear. Pero también a quienes les sienta de  lo más bien ser parte de una tradición tan única y particular. Enorgullecedor.

4. El síndrome de París

Por Helena Navarro

Se denomina «síndrome de París» a la curiosa reacción que experimentan muchos de los turistas que pisan por primera vez la ciudad francesa. Fruto de la expectativas alimentadas por la comercialidad, muchas personas, al percatarse de que la ciudad de las luces no es lo que esperaban, entran en un profundo estado de shock. De hecho, hay un centro de rehabilitación para los turistas japoneses que visitan la ciudad y han sido víctimas de este desencanto. Los japoneses son una de las nacionalidades que más visita la ciudad y también las más susceptibles a este cambio. No sólo se percatan de que París no es la ciudad de ensueño que tanto les habían dicho que era, sino que además se enfrentan a un choque cultural muy profundo en cuanto a costumbres y modo de vida.

Y es que cuando se tienen muchas expectativas sobre lo que va a suceder, uno se arriesga a quedar decepcionado. Es por ello que, probablemente, se dice que los planes espontáneos son los mejores. De hecho, yo misma fui víctima de un modo u otro de este fenómeno cuando viví un año de vida parisina. A los dos meses, me empecé a percatar paulatinamente de que París no era, después de todo, la maravillosa ciudad que esperaba. Mis vivencias al respecto no son ahora mismo relevantes pero un ejemplo que ilustra bien mi desencanto fue percatarme de que la luz natural brilla por su ausencia. Su sobrenombre de «ciudad de las luces» proviene de todas las luces eléctricas que la iluminan, puesto que el astro rey no hace acto de presencia ni una sola vez durante más de la mitad del año y el cielo está siempre cubierto de una capa grisácea que en buena parte es contaminación.

Este mismo fenómeno he vuelto a experimentar el día de San Jordi. Tenía grandes expectativas incubadas desde la niñez sobre cómo sería. Sin embargo, puedo dictaminar con convicción unos días más tarde que para mí el día de San Jordi no estuvo rodeado de un aura mágica ni fue en absoluto lo que la gente ha bautizado como «el mejor día del año». Np estuvo mal, pero tampoco fue para tanto. Al explicar esto uno de mis compañeros me dice «Eso es que no lo has sabido vivir» y pienso para mi interior que puede que sea cierto, pero también pienso que bajo todas mis capas de positividad y buenrollismo se esconde una visión cínica del mundo y que me agrada tenerla pues estoy autoconvencida de que es más verdadera.

Sin embargo, no voy a negar que San Jordi tiene unas particularidades que lo convierten en un día estratégico. Tener un descuento del 10% en los libros es un esfuerzo nimio pero positivo en una sociedad que se niega a valorar la cultura y ofrecerla a precios asequibles. Es también un valor añadido que en muchos de los monumentos de Barcelona haya puertas abiertas, puesto que todos suelen ser relativamente caros. Este es un día aprovechable en un sentido económico para el ciudadano pero también un día que por ello mismo se ha tornado comercial y lucrativo.

Lo mejor de San Jordi es sin lugar a dudas el hecho de que los escritores se pongan a pie de calle a firmar sus obras. Recorren la ciudad durante todo el día en pequeños stands a interactuar con sus lectores. Esto es, para mí, lo que convierte San Jordi verdaderamente en un día mágico: ver a tu escritor favorito o saber que muchos de los mejores escritores del mundo están reunido en la misma ciudad a pocos kilómetros de distancia. De hecho, si fuera yo misma escritora este día sería uno de mis días favoritos del año. Pero no lo soy.

Voy a confesar mi gran pecado de aquel día: tuve a Eduardo Mendoza a tan sólo un metro de mí y no conseguí que me firmara un libro. No nos engañemos, tenerlo a tan poca distancia es ya de por sí una experiencia inolvidable e inspiradora en sí misma. Descubrí la literatura de Eduardo Mendoza hace aproximadamente cinco años y su prosa me dejó huella porque considero que es un escritor que tiene su propia voz.. Esto quiere decir que se demarca de los demás, que su prosa es única. Al menos para mí. Un escritor puede ser bueno o no, su literatura puede ser interesante o no: pero encontrar tu propia voz en el mundo de las letras es algo que sólo consiguen los grandes.

Independientemente de mi anécdota, me reafirmo en las cuestiones existenciales que me surgieron el día de San Jordi: ¿qué tiene de mágico estar en Barcelona en un día en el que se amplifica la muchedumbre, el ruido y la comercialidad? Comprar libros (al igual que leerlos) es algo que asocio en mi mente con la paz, la tranquilidad y la soledad, cualidades no muy valoradas en esta sociedad, pero que a mí me son necesarias e imprescindibles sin que por ello signifique que soy una persona aburrida o asocial. Las colas en la librería en este día son interminables y la gente que sale a las calles también. Imposible para mí disfrutar cuando debo caminar a velocidad de tortuga, la gente me empuja y me pisa, y además parece ser que se siente incluso legítima a hacerlo porque tienen la importante misión de tomar un selfie. ¿De verdad este día va a fomentar la lectura? Puede que sí, puede que no. Yo no lo creo, pero como reza el dicho: “una vez al año no hace daño”.

5. Una rosa es un açaí

Por Lissette Ode

Mi primer Sant Jordi en Barcelona. Primer pensamiento: ¿Qué es esto? (perspectiva de una ecuatoriana viviendo por primera vez en España). Me atreví a preguntarle a una amiga catalana de toda la vida qué es Sant Jordi, a lo que me respondió: “Las mujeres regalan libros a los hombres y los hombres regalan rosas”. Pero rectificó: “Las mujeres regalan libros a los hombres y los hombres regalan libros y rosas”. Porque una rosa es muy poquito.

Llegó el día de Sant Jordi con temperatura de 24 °C y sol a tope. Luego de días lluviosos y nublados, decidí pasar mi Sant Jordi en la Barceloneta. El día estuvo precioso. Cielo azul y despejado, viento fresco, rayos de sol rozando caras, calles llenas de personas disfrutando del buen clima y de Sant Jordi. ¿La diferencia en las calles en este día? Te encontrarás con stands de ventas de libros y de rosas. A la par, verás a mujeres con rosas en  lqqw mano y bolsas en los hombros con libros (según la tradición, para regalar a los hombres). También verás con suerte a algún hombre con un libro, aunque yo no ví a ninguno o no me fijé bien…

Siguiendo mi camino por las calles de la Barceloneta, buscaba algo que no era una rosa, pero sí que tenía el mismo color: un pareo de mandala rojo. Lo había visto, un accesorio perfecto para tomar el sol. La Barceloneta es el lugar perfecto para comprar este tipo de cosas. Mientras caminas cerca de la playa de la Barceloneta o incluso en la misma playa, en plena arena, encontrarás a vendedores hindúes ofreciendo maravillas de la India. ¡Qué debilidad! Te reto a que la próxima vez que pases por allí y quieras comprar algo, preguntes su precio y respondas que no. Instantáneamente te bajarán el precio y terminarás comprando una ganga.

Con el pareo en mano (que resultó ser buen trueque a cambio de una rosa) y dada la hora y las circunstancias del día, me desvié del camino para caer en una segunda tentación en la Barceloneta. Si Sant Jordi es como el segundo San Valentín del año, hay solo una cosa que me conquista: el açaí. Y así fue como llegué a FitBar de la Barceloneta. Me atendió un chico con acento venezolano preguntándome si conocía el açaí (vaya pregunta). Terminó preguntándome qué hacía en Barcelona, a lo que le contesté que vine a estudiar un Máster en Periodismo de Viajes. Sonrió y me respondió que él era periodista y que por circunstancias de la vida estaba aquí y ahora trabaja allí (armando gloriosos açaís) mientras colocaba todos los toppings extras que le iba indicando en mi açaí. Al preguntarle cuánto era, no me cobró los toppings adicionales. Y luego de una corta conversación, buenas energías y sonrisas, me despedí y prometí volver para probar las tapiocas veganas. ¡Comida gloriosa! Continué con mi rumbo a la playa mientras la siguiente chica en la fila decía: “¡Déme la más grande!”