Los hombres blancos

A día de hoy, existen algunas tribus que viven ancladas en el pasado. Jordi Serrallonga, arqueólogo y naturista, habló en una entrevista sobre los hadzabe, un grupo cazador recolector africano, y explicó que construyen flechas para cazar. Teniendo en cuenta el momento en el que nos encontramos las sociedades occidentales y los avances tecnológicos que se han producido, el modo de vida de este pueblo nos puede parecer, sin duda, de lo más primitivo.

Sin embargo, “su tecnología está perfectamente adaptada con su sistema cazador recolector”, dice Serrallonga, es decir, el entorno en el que viven no les ha obligado a cambiar o avanzar. Muchas veces creemos que nuestro mundo es el ideal, el normal y al que debería adaptarse todas las personas. No somos capaces de entender que otros grupos étnicos pueden sobrevivir perfectamente a la ausencia de aparatos tecnológicos que, en muchos casos, nos facilitan la vida.

Tenemos la sensación de que todo lo que no pertenezca a nuestro mundo es extraño, incluso nos da miedo en ocasiones. Tendemos a observar con una lupa escéptica, desconfiando de lo diferente. Pero… ¿por qué no mostramos un poco más de empatía y nos colocamos en el lugar de los hadzabes, por ejemplo? ¿Qué creemos que pensarían ellos de nosotros? De nuestra forma de vida, de las infinitas máquinas que nos rodean, de la manera de comunicarnos con los demás…

No sabemos qué percepción tendrían los hadzabes sobre nosotros, pero sí el jefe de una tribu saomana en el Pacífico sur, Tuiavii de Tiavea. Este hombre viajó por Europa en el siglo XX y se sorprendió muchísimo. Al volver, dijo a su gente que siguieran sus costumbres y no cayeran en las garras del mundo occidental.

¿Pero qué es lo que pensaba él sobre nosotros? Pues bien. Para empezar, nos llama ‘papalagi’: los hombres blancos. Vivimos “como crustáceos” y la descripción que hace sobre los bloques en los que vivimos es muy peculiar y divertida: “apenas conocen los nombres de los otros [los vecinos] y cuando se encuentran en el agujero pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza o gruñen como insectos hostiles, como si estuviesen enfadados por vivir tan cerca”.

Resulta bastante curiosa la comparación entre el timbre de la puerta y los pechos de las mujeres: “una elegante imitación de glándula pectoral femenina”. Somos “gente con gustos raros”, termina concluyendo Tuiavii de Tiavea.

Después de estas breves pinceladas sobre cómo nos ven a nosotros los demás, ¿todavía tendremos la osadía de mirar con recelo a lo diferente?

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