Toulouse. Primeras apariencias

Tu cama. Tu cocina. Tu sofá. Tus libros. Tu pared personalizada con fotografías y postales de tus viajes. Los cuadros de tu habitación que compraste un domingo en el rastro. La cajita de música de la mesa del comedor, que heredaste de tus abuelos. Todas las historias que has vivido con tu pareja almacenadas en un mismo espacio. En definitiva, tus recuerdos.

Ahora imagínate compartir todo eso con dos completas desconocidas.

Llegamos a Toulouse tras un domingo de altercados por perder el autobús desde Montpellier. (Ver entrada) Unos cuantos dolores de cabeza mas tarde y ya pasadas las diez de la noche, nos recibe una pareja en la estación. Él, francés; ella, de origen italiano. Nos esforzamos en entablar conversación e intentamos ser lo más agradables posible para así transmitirles la confianza necesaria para la situación: nos hospedábamos en su casa durante un par de noches. Su casa.

Me resulta complicado entender la tranquilidad con la que abandonas tu hogar para cederlo a alguien con quien no tienes ningún vínculo previo. Solamente el que has podido establecer días antes y a través de la pantalla del móvil. Probablemente esa tranquilidad no exista. Probablemente la inquietud te acompañe durante todo el intercambio.

Interpreté que lo hicieron por necesidad. O quizá no. Pero mi realidad cultural se aleja totalmente de comprender cualquier otra posibilidad. En definitiva, me pareció un gesto absolutamente generoso, a la vez que valiente. Además, ese gesto nos permitió disfrutar de la ciudad con total comodidad.

La vivienda se ubicaba en una de las preciosas calles del centro de la ciudad francesa: joven, alegre, colorida. Localidad más grande que la visitada anteriormente y con un ambiente festivo que se evidenció al ponerse el sol. El horario de apertura de los clubes y pubs, sin embargo, tenían un cierto british style que, para alguien de Barcelona y con costumbres españolas, se quedaba un poco corto.

Y de día: música y arte en la calle, grandes plazas con arcos y terrazas llenas, espacios abiertos, picnics en los jardines, siestas bajo los árboles, familias, jóvenes y gente mayor en los portales de sus casas.

¿Qué puede haber más auténtico que eso?

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