Montpellier. Primeras apariencias.

Dicen que no empiezas a conocer una ciudad hasta que pasas más de un año recorriendo sus calles. Que la realidad no se nos da entera, sino que se va revelando con el paso del tiempo. Somos nosotros los que debemos distinguir la verdad de la apariencia. Y quizás después de ese año te das cuenta de que aquello en lo que creías ser experto te resulta desconocido. Es por ello que, cuando visitas un lugar durante una semana, por muy buenas sensaciones que te hayas llevado, no puedes referirte a él con total certeza o dogmatismo.

Eran las cuatro de la tarde y nos encontrábamos en el margen de la carretera, cargados con nuestras mochilas. Cuatro estudiantes, que se conocían más bien poco, esperando su transporte, su puente de conexión entre ciudades. Escogemos compartir coche. Por necesidad. Por curiosidad. Y estamos a la expectativa de lo que nos encontraremos. ¿Cómo reconoces a alguien entre la multitud cuando nunca antes lo has visto? Siempre me ha parecido curioso, a la par que incómodo, ese encuentro entre extraños que deberán transcurrir varias horas cerrados en un mismo espacio.

Mi reticencia a esa opción me hacía estar más intranquila. Seguramente por aquello que te inculcan desde pequeño: “No hables con extraños”. ¿Cómo vas a compartir coche con un desconocido? Con el paso del tiempo y las experiencias, vas aprendiendo a salir de esa burbuja y a romper tus miedos. El pragmatismo de nuestras intenciones nos enseña lecciones constantemente.

Sobre las ocho de la tarde llegamos a nuestro destino, Montpellier, sin ninguna expectativa. Cuando te expones a lo inesperado es cuando te dejas sorprender. Para bien o para mal. Y definitivamente Montpellier fue todo un acierto: pequeñas calles de estilo medieval vestidas de celebración, símbolo de su orgulloso pasado. Entre esos callejones característicos del sur de Francia brotaban museos, altas iglesias, amplios jardines y plazas. Además de un ambiente jovial: grupos de amigos cargados de anécdotas y jarras de cerveza, un hombre disfrazado de policía durante su despedida de soltero, amantes risueños paseando entre terrazas y jóvenes buscando las mejores ofertas durante la happy hour. El pequeño centro histórico irradiaba arte, cultura, alegría y hospitalidad.

Una visita breve, de un par de días. ¿Realidad o espejismo?

Próximamente… Toulouse

 

 

 

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