Sobre la paradójica vida del viajero

Volar. No es una de las características que pertenece al ser humano. Volar es estar en constante movimiento, es ser libre para ir a donde quieras y no necesariamente tener que ir acompañado. Si a los hombres les fueran regaladas alas, posiblemente viviríamos en crisis sobre la tentación entre volar o quedar. No tenemos las alas, pero tenemos mucha creatividad y creamos la rueda, los coches, los aviones y ya está, los valientes empezaron a partir.

Los valientes son aquellos que salieron de sus hogares y migraron hacia las capitales en busca de trabajo y sustento para sus familias. Valientes también los que fueron a estudiar lejos de casa. Valientes son todos aquellos que se convirtieron en viajeros y hacen del mundo su casa.

Viajero. Organizar la mochila, preparar el próximo viaje, emocionarse con el destino que le espera. Él quiere sentirse libre, conocer nuevos lugares y vivir nuevas experiencias. Y eso es increíble: viajar, conocer, experimentar, vivir. Pero junto con el próximo viaje llega también la despedida. En nuestras vidas nos apegamos demasiado a los lugares y a las personas, y en esos momentos de partidas, algunas veces, es difícil decir hasta luego. El dolor de la despedida también forma parte de vivir el viaje.

La vida del viajero puede ser paradójica. Es tener el corazón dividido entre conocer nuevas personas y sufrir por estar lejos de las que conoces desde hace años. Es vivir el cielo y el infierno en la partida, y la pesadilla y el sueño al permanecer. Es, en la misma intensidad, amar y odiar la oportunidad que ha cambiado su vida. Es llorar por querer estar en los dos sitios al mismo tiempo. Es dejar la vida que ya tenía en sus manos y empezar a construir una nueva de cero. Hay que ser muy valiente para conseguir vivir con tanto fervor esos sentimientos que hacen reflexionar sobre la vida y todo aquello que hace parte de ella.

Hay que ser muy valiente para conseguir vivir con tanto fervor esos sentimientos que hacen reflexionar sobre la vida y todo aquello que hace parte de ella.

Hasta se parece a una escena de película: por la noche el viajero reposa la cabeza en la almohada y piensa en los kilómetros que lo separan de su hogar. Piensa en las personas que ama, en los problemas que sucedieron mientras él no estaba allí para ayudar, en las bromas que se perdió. Empieza a extrañar un abrazo, a desear una palabra amiga y a echar de menos el gusto de una comida que solo hay en su país. Y entiende que es el único responsable de las elecciones hechas en su vida, pero al amanecer todo vuelve a tener sentido. Y sabe que otras noches como esta vendrán.

Hay muchas personas que se quedan y nunca parten hacia ningún lugar. El que se embarca en el próximo viaje entiende que eso hace parte de toda experiencia y que, a pesar de ya haber vivido muchas veces, sabe que es algo que va a estar su bagaje. Las partidas y las despedidas son importantes para recordar que el viajero siempre tiene hacia dónde volver y cargar sus baterías para la próxima aventura.

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