Lo que no vemos

Reseña sobre “El lugar más feliz del mundo” de David Jiménez

Decía Heráclito que es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Al sumergirnos por segunda vez, el agua ya no es la misma, y mucho menos la persona que decide hacerlo. Porque nada dura para siempre.

Y eso parece que David Jiménez lo tiene claro. Vuelve a visitar Bután y se da cuenta de que la modernidad y el progreso han sustituido a las tradiciones medievales. Atrás quedan el rey, los enanos y el baile con las princesas… Vuelve a visitar Indonesia y se encuentra un escenario desolador. Donde antes había vida, ahora ya no queda más que cadáveres esparcidos y ocultos entre los escombros. La isla de Papúa también ha cambiado: hombres con corbata han pulverizado la identidad de la zona. ¿El objetivo? Hacerse aún más ricos.

En K.L. Reich (1963), de Joaquim Amat-Piniella, Emili tuvo en sus manos la posibilidad de sobrevivir en un lugar donde esa idea suena a ficticio: Mauthausen. No tiene más remedio que colaborar con las SS para mantener viva la esperanza. Y eso mismo le ocurre a uno de los protagonistas de El lugar más feliz del mundo, Bou Meng. Pero él no haría dibujos pornográficos como Emili. Pudo resistir al martirio camboyano haciendo continuos retratos del dictador Pol Pot.

Miembros de la mafia japonesa yakuza que acuden a una clínica para tapar su pasado oscuro; la prisión sin rejas de Iwahig de donde cualquier preso podría escapar con facilidad pero ninguno quiere; pederastas que pagan por sus momentos de lujuria en Camboya; un terrorista arrepentido que destina todos sus esfuerzos por rehabilitar a otros que fueron como él… El que fuera director de El Mundo nos ofrece testimonios de historias reales. Historias que sólo puede contar un periodista comprometido.

Comprometido y… con una pizca de locura. Porque no cualquiera es capaz de subirse encima de un vagón para vivir y sentir lo mismo que los indios experimentan al viajar en trenes de tercera clase. No cualquiera es capaz de volver a pisar el asfalto diez minutos después de casi ser detenido –y disparado- por unos soldados birmanos. No cualquiera es capaz de plantarse en un lugar donde llueven balas de todos lados…

Tres consejos para viajeros

“La cultura occidental es la que se ha impuesto en el mundo, pero no significa que sea la auténtica. Respeta el saber de los demás como el tuyo propio”
Enrique Meneses.

Normalmente solemos valorar –e incluso criticar- las culturas en función de la propia (etnocentrismo). El monte Kemukus nos podría parecer un burdel al aire libre si lo observamos con ojos occidentales. Un burdel donde ni siquiera existe un pago por los servicios prestados. Sin embargo, hacer el amor con desconocidos en este monte indonesio no es más que una tradición para conseguir determinados sueños o deseos.

Creemos que nuestra cultura es la referencia universal y que no puede ser caricaturizada. Pero habría que preguntarle al samoano Tuiavii de Tiavea si también lo piensa…

“No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando”, Mario Benedetti.

Si quieres saber lo que ocurre más allá de tu campo de visión, hay que moverse. Aunque igual no es recomendable arriesgar tanto como David Jiménez. Pero eso ya es decisión propia.

“Todos los viajes tienen sus ventajas. Si el viajero visita países que están en mejores condiciones, él puede aprender cómo mejorar el propio. Y si la fortuna lo lleva hacia peores lugares, quizás aprenda a disfrutar de lo que tiene en casa”
Samuel Johnson.

Nos tenemos que fijar en los aspectos positivos de personas, lugares… para enriquecer nuestro entorno, pero sobre todo a nosotros mismos, nuestro interior.

Cuando viajamos, nos toparemos con culturas diferentes, con gente que no tiene nada que ver con nosotros, que mantienen una visión sobre el mundo totalmente opuesta. Pero siempre nos podremos empapar de lo que nos puedan aportar. Siempre habrá algo, por muy insignificante que sea, que nos abrirá la mente y nos hará cambiar nuestra percepción de la realidad. Porque a veces, cuando no disponemos de elementos de comparación, somos incapaces de valorar lo que nos rodea.

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