El salto

Su cara era alegre, aparentemente. Su boca mostraba una dentadura perfectamente alineada y blanca, con una sonrisa permanente, como cuando de niño te acaban de quitar los brackets y tu orgullo no te permite cambiar de expresión.

Divagaba con la mirada por su alrededor, buscando distracción. El movimiento nervioso de los dedos del hombre sentado frente a ella quien con una mano por encima de la otra, se golpeaba suave y reiteradamente el dorso con el dedo índice, mientras observaba el exterior a través de una de las pequeñas  y ovaladas ventanas. A su lado, la mirada cómplice de una pareja, que mantenía un distendido diálogo cuya trascendencia parecía ajena a la inquietante escena en la que se ubicaban.

Entornando los ojos para que se acostumbraran a la escasa luz de ese día nublado, observó a una mujer que interrogaba insistentemente a su instructor, quien le repetía, una y otra vez y con una sonrisa de quien comprende su temor, las indicaciones que todos habíamos recibido unos minutos antes.  En el asiento contiguo al suyo, un joven se ajustaba su equipo, comprobando que todos los arneses de sujeción estuvieran correctamente abrochados y palpando, con manos expertas, cada rincón de su ajustado traje.

Su fijación por los  precisos movimientos del chico, le recordaron a los trayectos en el coche de su padre, cuando éste, desde el asiento delantero, le repetía con preocupación que se abrochara el cinturón. Ella, distraída con su colección de aviones en miniatura, alimentaba su fantasía infantil sin prestar demasiada atención a los peligros de la carretera. Por lo que la sensatez y la preocupación de un padre le obligaban a detener el vehículo y, con un certero y cariñoso gesto, ajustar a la niña al asiento y protegerla junto a sus sueños.

Esa reflexión le retornó a una realidad en la que dejaba de tener cinco años, pero que seguía albergando la instintiva necesidad de refugio y protección.

–¿Estás preparada? –le preguntó Carlos, su instructor. Respiró hondo y percibió la comprensión que emanaba ese cerrado y claustrofóbico lugar. Una sintonía que unía tanto a aquellos que se encontraban en su misma situación, como a los que ya habian vivido esa primera vez anteriormente.

–Sí. –titubeó, exponiendo el miedo que escondía su falsa tranquilidad.

Carlos, guiñándole el ojo, le indicó que se colocara las gafas de seguridad y, cogiéndole con fuerza las manos ayudó a sus temblorosas piernas a levantarse para preparar su salto. Allí, a más de tres mil metros de altura, encontró en ese robusto hombre con acento extranjero su efímero aliado, maestro en reconfortar las miradas indecisas con una sonrisa sincera.

        De repente, la serenidad y la calma fueron rotas por un furioso viento que le removió el pelo y le puso en actitud de alerta, tensando cada músculo de su cuerpo cubierto por capas de abrigo que la protegerían del impactante frío. Con la compuerta abierta, la avioneta no parecía tan inofensiva como las que coleccionaba en la segunda estantería de su antigua habitación.

El delgado joven, con su voluminosa y única herramienta de supervivencia colgada a la espalda, se acercó a la apertura de la avioneta, fuente de luz y caos y, en menos de un segundo, desapareció entre las nubes. Curiosamente, el reloj que se había detenido en el tiempo durante la espera se aceleró, eliminando cualquier atisbo de permanencia y solidez. La siguiente era ella.

Y, súbitamente, el vacío.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s